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¿PARA QUÉ SIRVE LA CULPA?

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Decía Séneca que, “una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo”.

La culpa es una de las emociones que más nos bloquea en el desarrollo de nuestra vida, y puede llegar a ser una de las más desgarradoras e inútiles.

En muchas ocasiones malgastamos gran parte de nuestra energía en sentirnos culpables por algo que sucedió en el pasado, nos inmovilizamos y, sin embargo, no podemos cambiar nada de lo sucedido.

Todas las emociones tienen una intención positiva que consiste en darnos un mensaje que puede resultar funcional si le prestamos atención y trabajamos con él.

La culpabilidad nos brinda información valiosa sobre las consecuencias de nuestras acciones. Su función es hacernos conscientes de una falta que hemos cometido (o así lo creemos) para facilitar los intentos de reparación en un tiempo concreto. La culpa nos permite sensibilizarnos ante el sentimiento humano y, por lo tanto, delimitar ciertas acciones para mantener una buena convivencia. Ésta sería su utilización adecuada o positiva.

La culpa tiene mil caras. Cada persona la vive a su manera, y lo que a una persona le puede generar un tremendo sentimiento de culpabilidad, a otra apenas le afecta o no le afecta en absoluto. La culpa no está provocada por lo que hacemos, sino por la manera en que consideramos una situación y nos calificamos por ella.

Nuestra educación, nuestra cultura, nuestras creencias y nuestros valores son los que determinan cuándo y con qué intensidad nos sentimos culpables.

Cuando el sentimiento de culpa se extiende en el tiempo y nos lleva a pensar y repensar en lo que hicimos mal, reconocemos nuestro malestar pero no hacemos nada al respecto, devaluándonos y disminuyendo nuestra autoestima, vivimos una culpa inútil que afecta a nuestra salud física y emocional, impidiéndonos actuar.

De igual manera, cuando echamos la culpa a los demás suele ser una forma de no reconocer nuestros propios errores, de no ejercer nuestra responsabilidad.

Nos convertimos en nuestro propio juez y también asumimos el papel de verdugo. Nos condenamos y condenamos a los demás.

En esos casos la culpa sirve para victimizarnos, manipular a otras personas o evitar asumir responsabilidades.

Y, de hecho, lo único que nos libera de la culpa es la asunción de la responsabilidad.

Liberarnos de la culpa supone aprender a aceptarnos tal y como somos. Aceptar y perdonarnos que no somos perfectos, que la vida es aprendizaje, y que el único error que existe es no aprender de nuestras equivocaciones. Aprender de nuestros errores nos permite avanzar. De esta manera, podremos dejar de vivir buscando culpables para comenzar a vivir siendo responsables.

Una buena manera de empezar consiste en sustituir la palabra “culpa” por “responsabilidad” en nuestro vocabulario, ofreciéndonos y ofreciendo a los demás la oportunidad de “responder”, es decir, de actuar y mejorar.