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GESTIONAR LA IRA REPRIMIDA

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La ira es una emoción básica y universal que está presente en todos los seres humanos. Aparece como resultado de una situación que percibimos como amenazante y nos lleva a querer defendernos, a luchar por lo que consideramos justo, a atacar si es necesario…

Podemos utilizar diferentes palabras para denominar ese estado emocional: enfado, enojo, fastidio, frustración… pero en el fondo y como origen de todas esas emociones derivadas está la ira.

Las emociones nos sirven, entre otras cosas, para ofrecer respuestas adaptativas a lo que nos sucede, y nos predisponen para la acción. Se trata de experiencias multidimensionales en las que toman parte el sistema cognitivo, el fisiológico y el conductual.

Todas las emociones son necesarias y están ligadas a nuestros pensamientos, por lo que una situación puede ser “vivida” de formas muy diferentes en función de la persona.

En el caso concreto de la ira, a nivel cognitivo interpretamos una situación como amenazante y ello origina una elevada activación que produce diferentes cambios fisiológicos como el aumento de la frecuencia cardiaca, de la presión arterial y elevación de los niveles hormonales. Así mismo, esa emoción nos facilita el desarrollo de conductas de defensa o ataque para, en última instancia, preservar nuestra supervivencia.

Una mala gestión de esta emoción, tanto si se manifiesta en forma de agresividad con los demás como si se reprime, puede tener consecuencias graves.

La expresión externa de la ira de forma inadecuada puede dar lugar a problemas interpersonales, mientras que la expresión interna puede mantener ese estado demasiado tiempo, dando lugar a un elevado nivel de activación psicofisiológica que se relaciona enormemente con problemas de salud.

Hay emociones que no nos gusta experimentar o que tratamos de evitar o negar, y la ira es una de ellas.

Tradicionalmente la ira se ha considerado algo negativo y de manera consciente e inconsciente, se ha trasladado la idea de que no es adecuado expresarla, por lo cual, hay muchas personas que experimentan una ira reprimida, con todo lo que ello supone.

Tras la ira reprimida es frecuente encontrar un deficiente aprendizaje emocional en la infancia. Es un tipo de respuesta que esconde miedo ante la imposibilidad de expresar sentimientos y necesidades que, con frecuencia, quedaron bloqueados.

Al igual que sucede con el resto de emociones, tenemos que aprender a gestionar la ira de manera adecuada.

Un enfado sano nos permite detectar y resolver problemas, conseguir metas, defender nuestros derechos, superar obstáculos que nos impiden alcanzar objetivos…

Para manejar adecuadamente la ira el primer paso necesario es tomar consciencia de dicha emoción. Hay personas que no son conscientes de las emociones que experimentan, o que consideran que ciertas emociones forman parte de su personalidad y no son modificables. “Yo soy así”…

Tras la ira suele haber patrones de conducta aprendidos y automatizados, que, por tanto, pueden modificarse.

Observarnos y hacer memoria de nuestros comportamientos y su resultado nos dará información sobre qué los motivó, sobre la emoción que hay detrás. En suma, buscar el posible origen de esa emoción en etapas tempranas de nuestra vida nos puede ayudar a entender el por qué de esas vivencias.

Si observamos con detenimiento podremos detectar señales físicas de esa ira reprimida: tensión corporal, rigidez, problemas digestivos… y también podremos analizar en qué situaciones o con qué personas se produjo o se produce.

Por otro lado, tendremos que ser conscientes de los pensamientos que van ligados a esa emoción: ¿qué nos decimos a nosotros mismos cuando sucede algo concreto que hace que se active dicha emoción?, ¿cuál es nuestro dialogo interior?, ¿podríamos pensar de otra manera para que el resultado fuera distinto?

Una vez que hemos tomado conciencia de la emoción y de todo lo que implica, el siguiente paso es aceptarla. No se puede “no vivir” una emoción. Si experimentamos ciertas emociones como la ira tenemos que atender el mensaje que nos transmite. La aceptación es fundamental si queremos introducir cambios.

Llegados a este punto podremos implementar diferentes medidas para gestionar adecuadamente la emoción. Cada persona tendrá que encontrar aquella o aquellas que le resulten más útiles.

Una de las mas eficaces es la reestructuración cognitiva, es decir, aprender a cambiar nuestra forma de pensar. Una situación por sí sola no tiene ningún valor emocional, es la valoración personal que hacemos de ella la que le confiere un significado.

Podemos aprender a cambiar nuestra interpretación y nuestro diálogo interior para que, ante una situación que sabemos que puede provocarnos ira o rabia, no la alentemos con nuestro pensamiento dando lugar a las consecuencias indeseadas que pretendemos evitar.

Existen otras herramientas que también pueden ser de gran de ayuda como la práctica de ejercicio físico, la relajación, el mindfulness… y por supuesto, trabajar la comunicación y unida a ésta, la asertividad.

 

Piensa cuánto más dolorosas son las consecuencias de tu ira que las acciones que la han originado.” Marco Aurelio