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EL PODER DEL LENGUAJE

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Cuando somos niños, la adquisición y manejo del lenguaje es un hito, un acontecimiento maravilloso. Cada palabra nueva que somos capaces de entender y pronunciar se vive intensamente y se disfruta en colectividad, fundamentalmente en la familia.

Conforme vamos creciendo y ampliando nuestro vocabulario, nuestra destreza con el lenguaje se va afianzando, y se convierte en una herramienta para comunicarnos con mayor o menor eficacia.

Sin embargo, el lenguaje es mucho más, y a veces no somos conscientes de ello.

Tal y como decía Focault, “sólo existe aquello que es nombrado”. Las palabras tienen el poder de conceptualizar el mundo, de organizarlo en categorías, y, en definitiva, de crearlo ante nuestros ojos. Lo que no tiene nombre no puede ser nombrado y lo que no puede ser nombrado no existe.

Las palabras tienen el poder de evocar imágenes, emociones y sentimientos en el que escucha, y también en el que lee. Sirven para expresarnos, para transferir información, para comunicarnos con los demás y con nosotros mismos.

Las palabras son capaces de cambiar nuestro estado de ánimo, nuestra forma de pensar y sentir.

Cada persona tiene una forma diferente de experimentar el mundo y las palabras tienen el significado de las relaciones que hemos hecho con los objetos y experiencias de la vida.

El lenguaje es un «mapa» de lo que interiormente imaginamos, pensamos y sentimos.
Cada persona desarrolla un mapa lingüístico único que le es más o menos útil en su comunicación consigo misma o en su interacción con los demás.

El lenguaje se convierte en uno de los principales filtros de la realidad personal. A través del lenguaje se expresan la identidad, los valores y creencias, las capacidades… y también se describen los comportamientos y el entorno.

El lenguaje es generativo, genera realidades y tiene un gran poder transformacional. El lenguaje es acción. Cuando hablamos actuamos, y con esas acciones transformamos el mundo, generamos posibilidades, alteramos el futuro y construimos identidades; hacemos que ciertas cosas pasen.

La medida del poder del lenguaje es la medida de la capacidad de influir sobre uno mismo o sobre los demás.

Con el lenguaje podemos herir, mentir, provocar, engañar… a los demás y a nosotros mismos.

El lenguaje no es inocente, hablar es actuar y conlleva consecuencias de las que debemos hacernos cargo…

Así mismo, tal y como explica Luis Castellanos en el libro “La ciencia del lenguaje positivo” (Paidós, 2016), el lenguaje, y más concretamente, el lenguaje positivo, está relacionado con nuestra longevidad.

El efecto de determinadas palabras optimiza nuestro rendimiento en nuestra vida personal y profesional.

Podemos entrenar el lenguaje para encontrar esas palabras y esa vida satisfactoria que deseamos.

En el libro se habla de “palabras positivas de alta activación”, palabras que influyen en nuestros estados emocionales y físicos hasta tal punto que mejoran la calidad de nuestra vida y aumentan nuestra longevidad: “alegre”, “orgullo”, “feliz”, “enérgico”, “reír”, “activo”, “entusiasta”, “ilusionado”, “anhelo” …

Cuantas más palabras emocionalmente positivas expresemos (por escrito y oralmente) más posibilidades tenemos de alargar nuestra vida de una forma más saludable en comparación con quienes expresan una emocionalidad menor.

Según se explica, es necesario ‘habitar’ la palabra que se dice, sentirla, creer en ella, hacerla física.

El lenguaje positivo nos invita a ver el lado favorable de las cosas, de la vida. Se trata de poner inteligencia en nuestro lenguaje. Usar las palabras de manera inteligente, efectiva y beneficiosa para mejorar la comunicación, la toma de decisiones y la relación con uno mismo y con los demás.

Las palabras tienen energía, protegen nuestra salud, nuestro cuerpo y nuestro cerebro.

Tenemos la libertad para hacernos bien a nosotros mismos con nuestras palabras, para hacer el bien a otros, para crear el futuro.

En el libro se nos invita a responder a una pregunta: “¿Cuál es la mejor palabra que te ha dado la vida?”

Hace unos días le hacía esta pregunta a alguien muy cercano, y tras la sorpresa inicial, puesto que no estamos acostumbrados a hacernos este tipo de preguntas, me respondía (con bastante rapidez): “Gracias”.

Hay muchas palabras que tienen un profundo significado, pero sin duda, esa palabra, “gracias”, dice mucho de la persona y su forma de entender y valorar su vida…

¿Cuál es la tuya?

 

El lenguaje es poder y el poder es lenguaje.